martes, 19 de septiembre de 2017

"Book Smart" vs "Street Smart": No sustitutos, sino complementarios

Aunque es bastante simplista, hay dos categorías que de manera coloquial clasifican la inteligencia. De un lado están los denominados "Book Smart People", algo así como "inteligentes de libro"; personas que leen constantemente y tienen un amplio conocimiento acerca de los temas conceptuales, analíticos y teóricos. De otro lado están los "Street Smart People", inteligentes de la calle, personas con bastante sentido común, conocimiento práctico, intuitivo y astuto. 

Miremos dos ejemplos de la aplicación exitosa de cada una de las inteligencias:

Warren Buffet es un inversionista y empresario estadounidense muy exitoso en su actividad. Ha estado de manera constante en lo alto de la lista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo. Una vez le preguntaron la clave de su éxito. Él apuntó a un estante de libros y dijo: "leo 500 páginas todos los días". Buffet sostiene que el conocimiento es como el interés compuesto, va acumulándose, convirtiéndose en un insumo esencial para las decisiones que debe tomar. Se estima que el 80% del día de Buffet está dedicado a la lectura. No es el único caso de este tipo de inteligencia, ya que Bill Gates lee un libro semanal y Elon Musk afirma leía 10 horas diarias antes de convertirse en el presidente de Tesla Motors.




 Hasta ahí, podría pensarse que la lectura es la única fuente de combustible para el desarrollo de la inteligencia y las decisiones. Sin embargo, esta otra historia nos ilustra que no deberíamos simplemente desechar el enfoque de "Street Smart":
Durante la II Guerra Mundial, Japón ocupó varias ciudades chinas, entre ellas Shanghai. Se calcula que durante esta época había 26.000 judíos en esta ciudad. Los alemanes, aliados de Japón, los presionaban para que les entregaran a estos judíos. En ese contexto, los altos mando militares japoneses, mandaron a llamar a una delegación de estos judíos para que argumentaran porque no deberían ser entregados a los alemanes. Dos figuras prominentes destacaban en esta delegación. El rabino Moses Shatzkes, reconocido como un hombre estudioso y uno de los académicos más afamados en toda Europa en estudios talmúdicos. Así mismo, también estaba en la delegación el rabino Shimon Kalisch; de mucha más edad y si bien no tenía el reconocimiento académico de su par, era conocido por su habilidad para interpretar los entornos sociales y humanos.
Se presentaron ante el Alto Comando Japonés quienes determinarían la supervivencia de su comunidad. Les hacen dos preguntas: ¿Por qué nuestros aliados Nazis los odian tanto? y ¿Por qué deberíamos tomar su posición y no la de ellos? El rabino Shatzkes, gran académico, entendiendo las complejidades históricas, económicas y religiosas, no lograba articular una respuesta rápida. Ante esto, el rabino Kalisch respondió las dos preguntas con una frase contundente: "Porque somos asiáticos. Como ustedes".
El gobernador, quien hasta entonces había mantenido un rostro serio durante la conversación, dibujó una pequeña sonrisa. Les anunció que el pueblo judío en Shanghai no tendría nada que temer y que podrían permanecer pacíficamente en la ciudad. Y así fue. 

Como nos ilustra este ejemplo, este tipo de inteligencia intuitiva es necesaria en determinadas situaciones en las que ningún libro puede darnos la capacidad de interpretar situaciones que requieren respuestas rápidas.

El caso es que usualmente se contraponen estos dos tipos de  inteligencias como antagónicas. Se crítica a los 'Book Smart' como personas ingenuas, fácilmente manipulables y con pésimo juicio a la hora de tomar decisiones que requieren rápidas respuestas. Así mismo, a los "Street Smart", se les menosprecia por ser tener poco conocimiento académico y se les etiqueta con un nivel cultural bajo.



Sin embargo, no tendría porque ser así. Ahí creo existe un falso dilema, ya que estas inteligencias no tienen porque ser excluyentes, si bien por alguna razón genética o de crianza, tenemos de una más que de otra. 

Para ilustrar esto creo que la economía puede aportar algo de su racionalidad. En la teoría económica hay dos tipos de clasificación respecto de los bienes. De un lado están los bienes sustitutos definidos como aquellos que "satisfacen un tipo de necesidad parecido y por lo tanto, pueden ser sustituidos por el individuo en su consumo" o uso. Así mismo, están los bienes complementarios,  "aquellos que se utilizan de forma conjunta para satisfacer alguna necesidad. La relación existente entre los bienes complementarios es tal que el consumo de uno es indispensable a su complemento."

El ejemplo clásico de bienes complementarios es el de la hamburguesa. Si bien pueden consumirse por separado, tradicionalmente para que una hamburguesa sea hamburguesa requiere por lo menos del pan, la carne y las salsas. De esta manera, estos bienes se complementan para que sean consumidos como uno solo. Si sube el precio de uno de estos bienes, la tendencia sería consumir menos de los bienes complementarios.

Por otro lado, los ejemplos de bienes sustitutos son el consumo de mantequilla o margarina, el de té o café y el de Coca cola o Pepsi. Si sube el precio de uno de estos bienes, la tendencia sería consumir más del bien sustituto.




En ese contexto, tradicionalmente se ha enfocado la inteligencia de libros como sustituta de la inteligencia de la calle y viceversa, en el sentido que se tiene un tipo de inteligencia en detrimento de la otra. Al enfocarse como bienes sustitutos, si alguien se caracteriza por ejemplo por ser 'Book Smart', es porque carece completamente de las cualidades de los 'Street Smart'. Bajo esta perspectiva no valdría la pena buscar cultivar este último tipo de inteligencia.

Si por el contrario se enfocan como bienes complementarios, los esfuerzos estarían orientados a analizar cual es el tipo de inteligencia sobre la que tengo mayor inclinación y, a partir de ello, establecer objetivos de cómo puedo fortalecer la otra inteligencia para robustecer mi procesos mentales. Al final, complementando los elementos del 'book smart' con los de 'street smart', la idea es mejorar los procesos de toma de decisiones.

Por supuesto, no es algo automático y requiere importantes esfuerzos. Pero ya el hecho de asumir ambas inteligencias como complementarias, permitirá enfocar mejor nuestros esfuerzos. La gran pregunta es ¿qué acciones son necesarias para cultivar los dos tipos de inteligencia?

En el caso de los 'book smart' la respuesta es más directa ya que precisamente es la lectura la que permite hacer crecer este tipo de inteligencia. El caso de Street Smart es más complejo porque alude a elementos un poco más etéreos, como los relacionados con habilidades emocionales y sociales.

Sin embargo, algunos consejos que brindan al respecto son: 

- Entablar conversaciones con personas con diferentes puntos de vista y de diversos entornos.
- Bien sea como vendedor o comprador, buscar oportunidades para negociar; esto ayuda a cultivar la capacidad de leer a las personas y las situaciones.
- Explorar entornos diferentes en la ciudad, por supuesto, sin que esto implique un riesgo para nuestra seguridad.
- Participar en voluntariados para conocer otras realidades de las que cotidianamente vivimos.
- Experiencias. En el caso de las negativas, mejor si las aprendemos indirectamente. 

Al final, la clave es tener en cuenta que ninguna de las dos inteligencias es mejor que la otra. Ambas se complementan y se necesitan para que de acuerdo a la situación, podamos tomar las mejores decisiones.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El riesgo de los costos hundidos en los negocios y las relaciones

Creo que todos nos hemos enfrentado alguna vez a esta situación: hemos invertido tiempo, dinero u otros recursos en un proyecto, negocio o incluso en una relación. Cuando las cosas no marchan bien en esas situaciones, nos replanteamos si vale la pena continuar invirtiendo en lo que nos ha implicado un gran trabajo. 

Es en ese momento que nuestras decisiones están condicionadas por nuestra perspectiva del esfuerzo que hemos dedicado a estas actividades y distorsionan nuestro juicio.

Es ahí donde entran los costos hundidos. 



En economía y finanzas este concepto es útil para apoyar el análisis de si una inversión o actividad económica debe continuarse o suspenderse. Sin embargo, puede aplicarse a varios aspectos de nuestras vidas.

Los costos hundidos o irrecuperables pueden definirse como "aquellos costos retrospectivos, que han sido incurridos en el pasado y que no pueden ser recuperados". La clave acá es que no pueden ser recuperados. Sin embargo, constantemente seguimos en trabajos en los que no estamos satisfechos, relaciones tormentosas o negocios abocados al fracaso.

- "Llevamos séis años de relación; sé que no es perfecto, pero no puedo tirar todo por la borda" (la novia acerca de un tipo que la maltrata).

- "Sé que me puso los cuernos y no se muestra arrepentida, pero hemos vivido tantas cosas juntos que terminar la relación ahora no sería conveniente para mí"

- "Pero tanto trabajo y esfuerzo para llegar a donde estamos, no podemos cerrar el proyecto así como así" (acerca de un proyecto en el que se ha trabajado dos años, pero que no muestra rentabilidad).

- "No sé si me den el ascenso, pero ya llevo 10 años en la empresa".

Personalmente me pasó con una mesa de billar; decidimos comprarla con mi hermano en $300 dólares pero necesitaba varias reparaciones para poderla usar. La procastinación de ambos desembocó en que pasaran los meses e incluso los años y la mesa seguía sin usarse. Un día, el esposo de una prima vio la mesa y nos ofreció $100 dólares. Consideré que era mejor que nada y le dije que si. Sin embargo, mi hermano objetó la venta diciendo que estábamos perdiendo dinero vendiendo algo por un valor $200 dólares menor de lo que nos había costado. Al final, el negocio no se realizó y ya pueden adivinar donde está la mesa (la verdad es que a día de hoy no lo sé).

Todos en algún momento hemos caído en la falacia de los costos hundidos. Nos aferramos al tiempo, dinero y esfuerzo que hemos dedicado a algo y esto hace que nos cueste abandonarlo. En muchos casos, esto genera que sigamos malgastando nuestros esfuerzos o fracasando en los proyectos. Nos concentramos en lo que hemos hecho en el pasado, sin que esto implique que funcione en el futuro. 

La clave es recordar que el éxito de un proyecto, negocio o relación no depende de lo que hayamos invertido, sino de la probabilidad de éxito que podamos vislumbrar. Es necesario separar ambas cosas para que el pasado no condicione al futuro. 





- Vayámonos de aquí, esta es la peor película que he visto
- Prefiero quedarme, me costaron mucho los boletos. 

Así que, si alguna vez nos enfrentamos a una decisión en la que debemos decidir si continuar o no un proyecto, inversión, empleo o relación, reflexionemos si nuestro juicio está permeado por el esfuerzo o recursos invertidos en cada uno de ellos y no por la probabilidad real del éxito que podamos tener.